"La voz del hincha" escrita por Ezequiel Srulevich
Por ejemplo un partido se puede ganar gracias a una amplia superioridad para con el rival o gracias una única y afortunada llegada al arco contrario con destino de gol. Por el lado contrario, un partido se puede perder debido a una lastimosa producción del propio equipo, o también dejando una muy buena imagen de fútbol y sacrificio en el campo de juego pero falta de fortuna o definición. Sea cual sea el caso, tanto del triunfo como de la derrota, ambos tiene sabores propios, contrarios e invariables. Un triunfo siempre tiene el sabor de la victoria, la dulzura y la alegría. La derrota siempre tiene el sabor del fracaso y amargura. Esto es así desde que el fútbol es fútbol y se aplica a cualquier deporte, juego y hasta a la vida misma.
En cambio, y a diferencia de las otras dos posibilidades de desenlace de un partido, el empate es más ambiguo, pudiendo tomar un sabor propio (que sería una especie de conformismo, por no haber sido derrotado pero tampoco haber superado al rival), pero también puede tomar cualquiera de los otros dos sabores, dependiendo cuales sean las circunstancias que han derivado en el empate. De ahí lo especial de su condición. Si el partido es un somnífero, el conformismo es lo adecuado. Si empatamos en el último minuto, se festejara un largo rato hasta el momento que caigamos en la realidad que solo se ha sumado un punto, pero por el contrario, nos empatan cuando la victoria era lo más justo de la tierra, la amargura no tendrá fin.
Lamentablemente, esta última sensación es la que me deja el partido empatado hoy por All Boys en Santa Fe. El Blanco tenía todo para ganarlo, de hecho lo iba haciendo desde el arranque del partido, con un gol de Borghello (que al fin volvió al gol). No sólo iba ganando, sino que además lo iba dominando, controlando y manejando de la mano de la solidez defensiva que mostraba la línea de cuatro, el oficio del Cabezón en la mitad y la calidad de Santiago Montoya.
El partido tendría que haber seguido ese curso, porque Unión no demostraba nada, poco poder ofensivo y sobre todo dudas y fragilidad defensiva. El partido tendría que haber tomado curso definitivo cuando All Boys y Borghello tuvieron a Unión contra las cuerdas, esperando la mano del Knock Out y la caída a la lona. Pero Iván lo perdonó, no lo definió, o si, definió pero como Gonzalo Quesada en su mejor momento en los Pumas. Y en ese momento, All Boys se empezó a empatar el partido. El empate de Unión fue en esa jugada y no en la que Cosaro la empujo en el arco que defendía Cambiasso.
Después de esa jugada, el partido se emparejo, Unión se agrandó y el equipo de Pepe se fue apagando de a poco. Al comienzo del segundo tiempo, el Tatengue sella la igualdad en el marcador (la igualdad moral la consiguió en la jugada antes mencionada) y el partido a ganar se fue transformando en el partido a empatar.
Si todavía quedaba una esperanza de rebeldía, de una pincelada de Santiago o algo que haga que All Boys la emboque por segunda vez en la tarde, esta quedó en el olvido por la infantil, torpe e imperdonable expulsión de Maxi Coronel, uno de los tres mejores jugadores de Floresta de la tarde.
Pepe hizo los cambios que tenía que hacer, por lo menos a nivel táctico, recompuso la defensa, mal que mal para traer un punto y vio tanto él como toda la gente de All Boys, como el partido iba indefectiblemente a su destino final de empate, pero no un empate conformista, sino uno con sabor amargo, más cercano a la derrota, por lo que podría haber sido y por errores propios no fue.
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